10 de enero de 2021

Hay espasmos en esa roca

Por Julio Sandoval Berti En Ficción 3 MIN

Ilustración: Pensive, Beverley Woollett. Técnica Mixta sobre papel (60x77cm).

El cerro tenía las laderas completamente cubiertas de árboles altos y frondosos que le daban su color verde. Cuando se alzaba la vista hacia la cima uno se daba cuenta de que había una parte, arriba de todo, que carecía absolutamente de vegetación. Desde abajo se veía como una zona de enormes piedras marrones, peligrosa y escarpada. Quizá fue el calor, pero juro que yo vi temblar la roca que descansaba justo en la cima de ese cerro. Puede haber sido una lonja de aire vibró por un segundo alrededor de la enorme piedra de la cima o algo así.

—Hay espasmos en esa roca —les dije a todos. Pero sobre todo a la chica que conducía el grupo.
La chica se volteó hacia mí con una sonrisa pícara.
—¡Ah! —exclamó— ¿Usted ya conoce la leyenda de los amantes de la roca?
—No. Para nada. No conozco la leyenda —le aseguré—. Pero veo que hay espasmos en esa roca, por eso se lo digo.
—Sí —aseguró—, usted ya conoce la leyenda. Entonces aprovecho ahora para contar la historia antes de que la queme.
Y la chica aprovechó para contarme (a mí y a al resto grupo) la leyenda de los amantes de la roca.

Sería muy torpe de mi parte intentar emular aquí la gracia con que la chica del tour dijo todo lo que dijo, o que yo trate en vano de recordar sus palabras exactas. Por otro lado, ella hablaba en inglés y el inglés no es mi fuerte. Para hacerlo más sencillo voy a hacer caso omiso a cualquier intención primigenia de emular su voz y voy a contar la leyenda de los amantes de la roca como me salga a mí. Quizá así, al finalizar, me dé cuenta de que en realidad conté la historia casi tal cual como la contó ella y todos quedemos contentos como cuando ella terminó de contar su historia.

Una pareja de amantes se juntaba todos los días en la roca que está en la cima del cerro y se escondía entre las piedras en espera de que suba la noche. Aunque en realidad no eran piedras propiamente dichas, sino que a medida que uno va llegando a la cima se va dando cuenta de que en realidad son trozos gigantes de hierro con forma de piedras. Por eso el color amarronado de esas piedras, que en verdad es óxido de hierro. La cima está ocupada por el trozo más grande de todos, que es el que le da a la cima esa forma curvada que tiene. Allí, escondidos en alguna parte de ese enorme trozo de hierro había siempre escondida una pareja de amantes. Se encontraban todas las tardes ahí, desnudos y en secreto. Cada tarde subían al cerro en busca refugio y se guarecían entre las sombras de esa gran roca, la más alta de todas. Se quedaban abrazados y ocultos en los huecos, en los resquicios de sombra, hasta que llegaba la noche, que iba subiendo de a poco por las laderas hasta dominar toda la cima. Entonces los amantes salían de su escondite y terminaban haciendo el amor sobre la enorme roca de hierro de la cima.

Una tarde no pudieron aguantarse las ganas de hacer el amor y salieron de su escondite demasiado temprano, mucho antes de que suba la noche. Treparon a la roca de hierro cuando todavía había una luz amarilla que bañaba la cima. No se dieron cuenta de que podían verlos desde abajo. O no les importó y subieron igual. Lo cierto es que, desde abajo, sus cuerpos se veían claramente. Eran blancos y resaltaban sobre el lomo oxidado de la gran roca de hierro.

La gente que vivía abajo, en los alrededores, los vio y lentamente comenzó a trepar las laderas desde el este, el oeste, el norte y el sur. Querían descubrir quiénes eran estos amantes desvergonzados. Ellos estaban tan ensimismados en sus artes que ni siquiera se dieron cuenta de lo que pasaba y continuaron haciendo el amor a la vista de todos. Tampoco se percataron de que en el horizonte comenzaban a formarse grandes nubes grises. Y a medida que los lugareños iban llegando a la cima, también las nubes se fueron acomodando sobre los amantes. Se hizo un gran silencio en todo el lugar, los pájaros volaron de las copas de los árboles y cientos de rayos comenzaron a caer desde las nubes, uno tras otro, sin tregua. Los lugareños no se atrevieron a continuar subiendo y detuvieron su marcha. Pero desde donde estaban alcanzaron a ver cómo los incesantes rayos derretían el hierro de las piedras y soldaban a los gozosos amantes entre ellos y con la enorme roca de la cima. Podían oír claramente los gritos que daban los amantes mientras los rayos los fundían.

Cuando se disipó la tormenta de rayos vino el agua. Cayó desde las nubes fijando y enfriando la roca, haciendo que otra nube, una más transparente y delgada, hecha de vapor de agua, cubriera toda la cima con una neblina. La gran roca se fue enfriando y a medida que se enfriaba los lugareños se fueron animando a avanzar. Cuando llegaron hasta la gran roca de la cima ya no pudieron distinguir quiénes eran los amantes. Habían quedado fundidos dentro de la roca en una posición extraña y no se distinguía ningún rostro. Sin embargo todavía podían oírse con claridad los ecos de su cópula saliendo de la roca.

Ya era demasiado tarde y casi no había luz. Los lugareños decidieron entonces volver a la rutina de sus hogares. Se sentían un poco desilusionados por no poder conocer el rostro de los amantes pero continuaron bajando del cerro y se metieron en sus casas para descansar. Aunque no lograron dormir en toda la noche. Desde el cerro continuaban bajando los gritos de la pareja de amantes. Ninguno de los aldeanos podía distinguir si el lamento que oían eran de dolor o de placer. Era lo que más les molestaba.

Al día siguiente se reunieron y decidieron tratar de descubrir a los amantes. Tomaron picos y mazas y subieron a la cima del cerro. Comenzaron a dar golpe tras golpe sobre la roca buscando encontrar trozos de hierro que contuvieran los rostros de los amantes. Después buscaron las bocas, al menos, para callarlos. No querían ser torturados por el sonido visceral de los espasmos. Estaban cada vez más seguros de que los sonidos que salían de las piedras eran, en efecto, de placer. Golpe tras golpe fueron partiendo la roca. Al principio se desprendían trozos de roca que no eran lo suficientemente grandes como para ver el rostro completo de los amantes. Pero les hicieron darse cuenta que cuando más pequeño era el trozo que sacaban, menor era el sonido que salía de ellos. Así prefirieron no conocer nunca el rostro de los amantes pero, por lo menos, era procedente intentar detener los ecos placenteros que provenían de las rocas. Encontraron que cuando los trozos de roca tomaban más o menos el tamaño de una punta de flecha no emitían sonido. Entonces hicieron cientos, miles de puntas de flecha con la enorme roca que había en la cima. Trabajaron durante toda la mañana hasta dejarla reducida a pequeñas piedras con forma de punta, completamente mudas y filosas, rocas tan calladas como habían permanecido por siglos antes de la llegada de los amantes. Con las puntas de hierro construyeron flechas y después tomaron ramas de los árboles e hicieron arcos. Ya era la tarde cuando salieron a cazar venados. Con el fruto de la cacería hicieron una fiesta a la noche. Comieron venado hasta hartarse y luego, en completo silencio, se fueron a dormir.

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